JORGE TORRES DAUDET

"Debajo del toldo" De Joaquín Sorolla


BIOGRAFÍA


V. Jorge Torres Daudet, nació en Guadalajara (1943) España. Siendo aún niño fué con sus padres a vivir a Sigüenza, donde estudió la carrera de Magisterio, que ejerció durante un período corto de tiempo.


De forma casual viajó a Logroño, y lo que iba a ser un viaje de ida y vuelta se convirtió en una larga estancia en Santo Domingo de la Calzada; contrajo allí matrimonio, enviudó y casó de segundas nupcias con otra riojana, su actual esposa, Carmen Egüén, musa de muchos de sus poemas. Más tarde se trasladan a Madrid donde aún residen.


Cercana su jubilación dedica el tiempo a escribir: hasta ahora tiene escritos los siguiente poemarios, por orden cronológico de creación: “Atardecer del alma”, “El otoño en sus ojos”, “Rescatado de ti”, “Al cabo de los años”, “Frente quebrada”, “Brisas” y “Mieses y flores”.


Sus poemas son sencillos; con ellos pretende llegar al corazón del pueblo llano, al que el autor pertenece.


En el mes de Octubre de este año, 2009, el Grupo Vitruvio, mediante su editorial Sinmar, ha publicado su primer libro “Belleza cruel”, selección de los poemarios citados.


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*****

 

POEMAS

 

Ese yo tan tuyo

 

Ese yo tan tuyo,

a los demás escondido,

ése que venů no tus ojos

sino los ojos del alma,

¿camina junto a ti, en paralelo,

o se cruzan sus miradas?



Ese yo tan tuyo,

tan a los demás desconocido,

es tu dual, es tu sombra,

es el espejo que tu alma desnuda.

Te miras, sonríes

y te burlas...



(De "Belleza cruel", cap.III, "De ahora y de siempre")

 

 

*****

 

 

Brisas (Noche de San Juan)

 

Una fresca brisa ondeaba sus cabellos

con lento movimiento, acariciaba sus senos

con el leve tremolar de su vestido,

se deslizaba suave, como la noche,

como de amor dormido.



Traía aromas de verano

de rosas, de jacintos, de pinares cercanos,

de tierra mojada, de heno, de hierba

recién cortada.



Noche de San Juan, de limones,

de tormentas, de amores, de hogueras y promesas...



Tu me diste una flor yo te di toda mi fuerza;

fluía la pasión,

mis besos ahogaban tu candor,

mis brazos poseían tu cuerpo.



Cantares de la madrugada nos despertaban,

aún nuestros cuerpos uno,

los cabellos mojados por la escarcha,

al alba.



Nos saludaba otra brisa más fresca,

más lozana,

mientras, el sol cegaba nuestros ojos

y nos dejaba desnudos.



(Del poemario: "Belleza cruel")

 

****

 

Yo cogía las nuebes con las manos

 

Yo cogía las nubes con las manos
y mis besos enviaba al universo,
te entregaba mi corazón travieso
antes de tener los cabellos canos

Yo me sentía un pegaso, trotando
por los valles y cumbres de tu cuerpo,
sobrevolando, cual gaviota el puerto,
la piel, tu piel, que siempre estoy amando.

El pegaso ya no trota, plegadas
sus alas, no remontará sus vuelos
-aventuras por el tiempo amainadas-

Humilde se desliza por los suelos,
mas... su amor vuela con las alocadas
nubes, y fantasías de sus sueños.

(Del poemario "Luna llena")

 

*****

 

Batallas en la mar

 

Mis juegos de niñez,
entre escombros de casas hundidas,
-rescoldo de la guerra-
eran de batallas en la mar embravecida;
olas gigantescas
eran montañas de vigas y tierra.

Subido en el puente del barco,
-restos de algún muro caído en mi patio-
como altivo capitán, daba órdenes
a estáticos montones de ladrillos y piedras,
siempre sordos y mudos a mis gritos,
así, en mis batallas, no había muertos ni heridos.

Los palos eran las espadas,
las tuberías, troceadas, los cañones,
las ratas: los espías.
Eran los juegos de aquellos años de posguerra,
sin juguetes,
con la inocencia en los ojos de los niños,
en sus reflejos los daños de la guerra.


Año 1958

No escapábamos del rosario, de los curas, del colegio.
Paseábamos la alameda con las manos en los bolsillos, rotos,
llenos de frío.

Mirábamos al negro cielo, hacíamos guiños a las estrellas,
cantábamos “en el año dos mil y pico... el hombre podrá volar”
-año 2000...qué lejano, muy lejano, nos parecía remoto, inalcanzable,
más que cualquier galaxia, -¿llegaríamos?-.

Filosofábamos, hablábamos de los aviones “a propulsión a chorro”.
Fumábamos, a trozos, los “Ideales” amarillos
con pestazo de colillas apagadas,
guardadas, escondidas, en los bolsillos del abrigo.

Hablábamos de Maribel y de Charito, mirábamos al cielo, ¡qué frío!,
las manos en los bolsillos, calor en las ingles.

La luna, galleta de plata, nos miraba, se reía congelada.

Recitábamos a Jorge Manrique, San Juan de la Cruz.

Cantábamos rancheras, silbábamos el “Puente sobre el río Kwai”
y, a veces, hablábamos de religión y matemáticas.
Y pasaba la tarde invernal del Domingo, calada tras calada
de los cigarrillos “Ideales” amarillos.



 

El petirrojo

Es una mañana de Agosto, fresca
despejada, de luz radiante, el sol promete hoy
ser abrasador.

Estoy a la sombra aromática de un laurel
ensimismado en mi leer, pero un petirrojo,
ya hace rato,
que va en mi derredor revoloteando,
ganándome espacio y atención, salto a salto.
.
Camina, salta, vuela y gorjea con decisión
y desparpajo, exhibiendo su manto canela
y pecho bermellón-rosado,
con simpatía, pero muy estirado.

Ya junto a mí, me mira con sus grandes
y espabilados ojos,
gorjea diciéndome algo; ante mi silencio
vuelve a gorjear exigiendo diálogo.

El libro hace tiempo que he abandonado,

no menciono al autor para que así no se ofenda;
mi atención el petirrojo ha acaparado.


 

Viento

Corcel desbocado e irascible, eres el soberbio
elemento, con ondulante capa invisible.
Fustigador, con látigo de infinitas colas,
azote de equilibrios; encrespas océanos,
domeñador de tupidos y salvajes bosques,
violador de las más profundas y negras simas...
Tu ulular es tétrico alarido de mil muertos,
tus largos brazos, desgarrados, todo lo abarcan.
Tu gemido lúgubre, insolente y desgarrado
evoca la inicua carcajada de la Parca.

Cuando, por fin, te alejas la calma invade mi alma.


 

El edén

Recorrí tus caminos y tus fuentes,
bebí, sediento, de ellas. Subí a tus montículos,
me deslicé a tus valles,
libé en sus flores, comí de sus frutos;
encontré el edén
en el universo joven de tu cuerpo.


 

Brisas

Una fresca brisa ondeaba sus cabellos
con lento movimiento, acariciaba sus senos
con el leve tremolar de su vestido,
se deslizaba suave, como la noche,
como de amor dormido.

Traía aromas de verano
de rosas, de jacintos, de pinares cercanos,
de tierra mojada, de heno, de hierba
recién cortada.

Noche de San Juan, de limones,
de tormentas, de amores, de hogueras y promesas...

Tú me diste una flor, yo te di toda mi fuerza;
fluía la pasión,
mis besos ahogaban tu candor,
mis brazos poseían tu cuerpo.


Cantares de la madrugada nos despertaban,
aún nuestros cuerpos uno,
los cabellos mojados por la escarcha,
al alba.

Nos saludaba otra brisa más fresca,
más lozana,
mientras, el sol cegaba nuestros ojos
y nos dejaba desnudos.




 

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